Jorge Riani, especial para Corresponsal

En Paraná hubo un ritual urbano, civil o cívico que se llamó “visita a El Diario”. Eso implicaba una práctica, un ritual que contenía un glosario propio y tenía un objetivo: dar a conocer algo. Había dos tipos de visitas al impreso de la ciudad: uno que es el que atendía el director en el salón “Florencio Varela” y, otro, el que quedaba solo en manos de los redactores y que consistía en una entrevista que algún periodista realizaba en la planta baja con integrantes de algún colectivo, agrupación o lo que fuere que quisiera también dar a conocer algo.

El salón Florencio Varela era un amplio espacio que estaba en el primer piso de la torre que El Diario poseía en calle Urquiza al 1.100 de Paraná. Estaba poblado de muebles muy caros, con sillones de asiento de cuero, respaldar de cuero, y madera tallada circundando una gran mesa también de madera, todo eso en estilo renacentista italiano. Había una pequeña biblioteca empotrada en una de las paredes, sillones de estilo inglés, otros de diseño Luis XVI, diseminados por distintos lugares y algunos objetos que ya no cumplían la tarea para los que habían sido creados -como una prensa, un rodillo de hierro para tomar pruebas de galera, o una cámara de fotos de fuelle y cajón de madera con pie de hierro– sino que estaban allí para ornamentar y al mismo tiempo aportar el lustre que otorgan los objetos fetiches cuando hablan de un pasado frondoso en historias y en recursos. Es como en esas casas de familias adineradas en cuyos livings se diseminan la pipa del abuelo, el sencillo palo de golf del tío Amadeo, el primer encendedor Dupunt de papá cuando era joven, en fin, los objetos para mostrar que la familia tiene pedigrí de burguesía.

En el salón Florencio Varela había todo un léxico que manejaba el ceremonial del lugar. La cabecera de la amplia mesa estaba reservada para la persona “más importante” del grupo que iba a ser entrevistado. El director se sentaba en el primer lugar a la derecha de la cabecera. En la pieza periodística a publicar se hablaba de El Diario, pero luego se lo mencionaba como “nuestra Hoja”. La volanta siempre era la misma: “Visita a EL DIARIO”. Así, con mayúsculas completas el nombre del medio.

La foto que habría de acompañar a la nota en la edición siempre mostraba, allá en el fondo de los entrevistados, un cuadro del escritor, periodista y activista de la Generación del ’37 que con su nombre bautizaba a todo el salón. Es muy probable que ese óleo haya sido pintado por Prilidiano Pueyrredón, y seguramente la familia Etchevehere que se quedó con el edificio arrancado a El Diario lo debe saber porque tras la toma de posición del lugar hizo desaparece la pintura.

A las entrevistas del primer piso no las hacía el director, sino que las preguntas, las repreguntas y la posterior redacción estaba en manos de un redactor o redactora, de la que a veces –sólo a veces– aparecía en la foto una parte lateral de su cuerpo. Podía que aparezca un brazo o el perfil apenas asomado en el costado de la fotografía. Algunas veces se advertía en las fotos de la nota, parte de la máquina de escribir, o de un block de anotación, o de los retazos de las bobinas de papel de obra que se utilizaban para tomar nota los periodistas escondiditos de la escena. Más adelante en el tiempo se colaron algunos grabadores puestos allí.

No es que el director haya fingido hacer la nota. Simplemente a un director de El Diario no le interesaba aparecer fungiendo ese trabajo, y la ciudad toda sabía que detrás de escena había un periodista llevando el hilo de la entrevista. A esa modalidad la aplicó más que nadie Luis F. Etchevehere, el director que murió en 2009 luego de 27 años de reinado en la redacción, y al que todos conocían con el sobrenombre de Zahorí.

¿Cuál era el criterio para determinar qué entrevistas se hacían arriba, en la planta alta, y cuáles en la planta baja? Sencillo: el gusto del director. Cuando había dudas al respecto, era Etchevehere quien decía dónde se hacía esa entrevista. Etchevehere exigía exclusividad de los entrevistados, y más de una vez se rechazó recibir a gente porque antes habían pasado por la redacción del competidor diario Uno.

Lo cierto es que cuando uno mira el archivo encuadernado de las ediciones de las tres o cuatro últimas décadas, puede advertirse que todo pasaba por El Diario. Más allá de qué lugar se le otorgaba, todo era contado allí. En la planta alta fueron recibidos todos los candidatos a presidente, los legisladores, eminencias en todas las materias, gerentes de multinacionales, gobernadores, altos dignatarios de la Iglesia católica, intendentes, artistas de renombres nacional o internacional, figuras de fama mundial, deportistas siempre que el lustre de sus nombres sea merecedor de subir las escaleras de granitos y mármoles.

Las notas de visita siempre se publicaban en la página 6 y luego hacia la página 7 también se las podía hallar. Mientras que a las que se realizaban en la planta baja, se las encontraba en cualquiera de esas dos páginas, pero siempre con títulos a dos o tres columnas y muy pocas veces encabezando la página sábana.

¿Qué asuntos se atendieron en la planta baja de viejo diario? Muchos de interés cultural, de interés deportivos y fundamentalmente, de interés gremial. “Atiéndalos en la mesa redonda”, decía Etchevehere, y así tomaba distancia de esos asuntos.

La mesa redonda tenía patas de hierro y tablero de mármol sin pulir, del tipo de las viejas mesadas de cocina. En las paredes que asomaban en las fotografías, por detrás de los entrevistados, se veían las placas de bronce que poblaban los muros como testimonio de homenajes que distintos actores de la comunidad rendían a El Diario cada 15 de mayo.

Había un planteo social, un planteo clasista, sin ningún tipo de dudas, en la división de espacios según los temas y los entrevistados. Sin embargo nadie se sentía ofendido por esa situación: ni periodistas ni entrevistados que tejían sus diálogos en la planta baja. Eso fue así porque a ningún delegado gremial le interesaba subir a ese salón repleto de fruncida estampa de burguesía vernácula.

El director de El Diario era como un príncipe de la ciudad, pero de una ciudad donde aún había cierta conciencia de clase. De modo que no había posibilidad de encontrar a un gremialista que quiera ir a contar sus vicisitudes de obrero ante el príncipe de la ciudad. Y todo esto fue un valor enorme para El Diario por la razón que todos se sentían contenidos en las páginas del viejo matutino.

Con El Diario pasó más o menos como pasa con todas las empresas de familia. El lustre burgués lo fueron adoptando los sucesores al tiempo que demostraban carecer de las virtudes de sus antepasados. Heredaron sus berrinches, sus arbitrariedades, su mal genio, sus modos de atropellar,  y mientras iban agregando lujos a sus vidas, iban renunciando a los méritos que tuvieron los fundadores. Ni multiplicaron la fortuna, ni la cuidaron. La malgastaron y las fueron llevando a la esfera de la vida particular a medidas que iban teniendo hijos, muchos hijos, que demandaban bienes materiales.

En esas notas que se hacían en planta baja se contó mucho. Ahí están los diarios congregados en colecciones que ahora atesora el Archivo Histórico de Entre Ríos, como muestra y registro de todo lo que se denunció en materia de desguace del estado, en materia de la pérdida de derechos, de los despidos, de las privatizaciones, en definitiva del empujón brutal que ha derribado derechos, digamos parafraseando a Miguel Hernández.

Todo está contado en las páginas en entrevistas que se publicaban y en las que el príncipe de la ciudad no reparaba pero, reconozcamos, dejaba que se escriban.  Mientras en las notas de salones palaciegos se hablaba de otros asuntos, en las notas de la planta baja se habló de la destrucción del ferrocarril, de la privatización del Correo Argentino, de las leyes ómnibus que cercenaban derechos y echaban gente de oficinas públicas, de escuelas destruidas, de hospitales abandonados, de la expoliación de las empresas crediticias estatales y de energía que iban a caer en manos privadas, del adelgazamiento en las responsabilidades de organismos nacionales dedicados a cuidar las rutas viales y las fluviales también.

Del mismo modo en que Antonio Berni contó su tiempo y llevó a los salones el grito de la calle, del mismo modo, esas notas secundarias de El Diario narraron el golpe del neoliberalismo en los años 90.

No era posible que los despidos no se contasen allí. No era esperable que se eche a trabajadores del Estado y que eso no esté denunciado en las páginas del viejo diarios. No era posible, digamos, lo que se vive en estos días, con decenas de despidos de trabajadores en los organismos del Estado nacional y que eso no esté contado en las páginas de El Diario.

Ocurre ahora que el Estado argentino, bajo la batuta del ingeniero Mauricio Macri, se han dado despidos en organismos estatales radicados en la provincia de Entre Ríos, y eso ya no sorprende como sorprendían sí los despidos del menemismo.

El Diario no cuenta esas historias y, acaso para hacer más grotesco aún el panorama, ese diario que contaba todo se quita de encima a más de medio centenar de trabajadores, entre los que se cuentan periodistas, gráficos, impresores, administrativos, vendedores. Hablamos de El Diario del que es dueño en un 40 por ciento el actual ministro de Agroindustria de la Nación, Luis Miguel Etchevehere, sus hermanos y su madre.

Luis Miguel es hijo de aquel príncipe que atendía en el primer piso pero dejaba que los obreros cuenten sus penurias en la planta baja. Hoy, El Diario no cuenta penurias sino que las genera, y la familia Etchevehere no paga sueldos y distribuye cartas documentos de despidos. Como ministro, el abogado Etchevehere justificó las cesantías de decenas de trabajadores técnicos de esas entidades que han contribuido a hacer más rentable las actividades del campo: Senasa, Inti,Inta y una serie de instituciones más cuyas siglas dicen mucho, por lo que huelga explicar de qué se trata.

La idea de esta nota no es hablar de El Diario, ni del papel destructivo que le cupo al ex gobernador Sergio Urribarri y su monje negro Pedro Báez en la destrucción del centenario diario, sino contar que acá hay despidos y quietud. Contar que hay una dinámica de clases que se perdió en la capital provincial del mismo modo que se pierden puestos de trabajo.

“Es perfectamente legal, está dentro de la ley, y es una de las cosas que puede ocurrir”. La frase corresponde al ministro Etchevehere y se refiera a los 543 trabajadores de todo el país que fueron recientemente despedidos del organismo responsable de la sanidad animal para consumo.

A los despedidos se los ha intentado estigmatizar y difamar diciendo que son “ñoquis”. No aportan nombres, no cuentan cómo fue el criterio de selección, no justifican nada al momento de los despidos. Son 25 personas echadas en el Senasa, y cinco en el Inta y el Inti, por el momento. Para el secretario de Producción de Entre Ríos, Alvaro Gabás, se trata de “profesionales y personas que se han dedicado toda su vida a trabajar en el Senasa, que es una entidad que trabaja para buscar la calidad agroalimentaria”, según dijo a Corresponsal hace un par de semanas.

A eso se le suma el desguace de la delegación de la Comisión Nacional de Regulación del Transporte (CNRT) que funcionaba en oficina 34 de la terminal de ómnibus de Paraná, lo que implicó el despido de sus ocho trabajadores. ¿Qué significa en términos de prestación de servicio? Que no habrá más controles de colectivos interurbanos y que viajar se vuelve más inseguro.

El abogado Miguel Ángel Suárez es uno de los trabajadores despidos de la entidad de control nacional y dijo que “el organismo penalizaba a las empresas; se encargaba de emitir sanciones económicas interesantes en caso de incumplimientos, pero ahora en Paraná no hay más control”, según contó al programa Cinco Esquinas, que se emite por la estatal FM Costa Paraná.

La nota que ilustra esta nota reproduce la obra titulada “Manifestación”, y que fuera pintada en 1934 por Antonio Berni. El artista murió hace 37 años, y los trabajadores siguen siendo las variables de ajustes de los balances.