Gota tras gota, la lluvia que cae sobre la ciudad desata sentimientos encontrados, pese a que las altas temperaturas hacen desear esa intervención natural. No obstante, cuando llega, están quienes coherentemente la disfrutan y quienes la padecen, como aquellas víctimas de las baldosas flojas, de los paraguas despatarrados, de los que olvidaron las ventanas abiertas. Así como hay quienes pronostican las condiciones meteorológicas, debiera haber quienes pronostican los humores de los que las padecen.

Emilia Elizar

Los días de lluvia desatan grandes contradicciones en la humanidad, aunque tanto calor se vuelva intolerable, agobiante y aparezca como una amenaza que no concluye, que se aletarga.

Pero pese a lo que la racionalidad indicaría, cuando llegan los días de lluvia, los humores se dividen.

Algunos, los más nostálgicos, aprovechan la ocasión para rendirle culto a los recuerdos y traen a la memoria historias de bueyes perdidos, de amores deportados, inconclusos, incurables.

Incluso, establecen con la lluvia una relación de camaradería, de siesta sobre la cama, libro en mano, café, chocolate o cigarrillo; y cada gota los sumerge en un tiempo fuera de juego, suspendido.

Pero para otros, la lluvia sólo es sinónimo de la catástrofe de la baldosa floja que los afecta hasta la altura del fémur; del paraguas despatarrado y abandónico; de las medias húmedas y la alergia que avanza como buena peste y del tono de ocupado de las remiseras, que se empeñan en no reforzar el servicio cuando la tormenta se avecina.

Estos últimos suelen ver a los días de lluvia como la concentración de situaciones desagradables. Y entonces su humor queda atrapado en un círculo vicioso en el que proliferan los automovilistas que arremeten sin piedad sobre charcos y peatones desprevenidos; las marcas del calzado sobre el piso limpio, las ventanas que olvidó abiertas, la ropa que olvidó entrar a la casa.

Y es que para justificar su malhumor, se toman de argumentos irrefutables como que en los días de lluvia proliferan las películas de cable empezadas y se reaviva la humedad en un rincón. Los menos optimistas recuerdan a los que corren bajo el agua sin lograr nada, la penuria de los que salieron con calzado resbaladizo, los que tienen que escudarse bajo el paraguas de algún conocido, las riñas de los que se pelean por quedarse bajo el techo de los negocios ante la amenaza del que viene de frente. Sufren por los que maldicen trasladarse en moto y se ponen tristes por los que ingresan mojados a la casa y no tienen quien les alcance una toalla.

Contradictorias, las imágenes en estos días de lluvia se suceden con la impunidad de lo que irremediablemente ocurre, por culpa de nadie.