Una estación de trenes es el rostro visible de un universo crecido en torno a unas vías. Viajeros, maletas, cochemotor, boleteros, ventanilla, obreros engrasados y despedidas. Un lugar intensamente humano.

En Paraná, la instalación del ferrocarril comenzó a diseñarse cuando la ciudad recupera la jerarquía de capital de provincia en 1883. Todo era promesa de crecimiento.

Bajo el mandato del general Eduardo Racedo, en el mes de julio de 1885 comienzan los trabajos de instalación del ferrocarril, y dos años más tarde, el 16 de mayo de 1887, el tren transportaba los primeros pasajeros, en un tramo que unía Paraná con Nogoyá. Era un día de júbilo, con suficiente motivo para festejar.

La presencia del ferrocarril influyó de tal modo en la economía de la provincia como la estación de trenes lo hizo en su entorno más inmediato. La estación fue la simiente que dio lugar a un barrio de clase media trabajadora, termómetro de los vaivenes políticos y sociales que marcaron la historia moderna argentina.

Con el nacimiento de la terminal ferroviaria, el sector sur de la ciudad concentró el interés de los paranaenses y se convirtió en una zona atrayente. Esto queda patentizado el 1 de noviembre de 1888, cuando se inaugura un servicio de trenes de recreo entre la Estación Central y Bajada Grande. Era el paseo obligado de domingos y feriados.

Fue precisamente en ese sitio donde los paranaenses tienen su primer encuentro con el alumbrado a gas. El 25 de mayo de 1890, la estación se vistió de luces: un centenar de faroles en su frente sacó brillo al lugar y terminó consagrándolo como uno de los puntos más visitados por los habitantes de una ciudad que asomaba sorprendida a los adelantos que ofrecía la cercanía del siglo veinte.

El edificio de la estación central era verdaderamente imponente. El 1 de febrero de 1892 la compañía británica que construyó el ferrocarril se hizo cargo del servicio. El Ferro Carril Central Entrerriano, bajo la órbita del Estado provincial, pasa a manos inglesas y se convierte en la compañía Entre Ríos Railways.

Con el inicio del siglo veinte, los ingleses deciden realzar el edificio del ferrocarril y disponen cambios notables en su arquitectura.

Carlos Waigandt, ferroviario jubilado que dedicó varias décadas a rescatar historias y objetos relacionados con el ferrocarril entrerriano, posee un escrito en el que se describe con detalles cómo era la vieja estación de trenes.

  “El edificio consiste en un cuerpo central de dos pisos con dos torres o miradores y dos alas laterales de un solo piso, todo con techo de azotea”, dice el inventario fechado en 1891.

Waigandt pudo determinar que los miradores fueron demolidos pero que el resto del edificio aún se mantiene intacto por dentro, con sus líneas originales. Los ingleses levantaron un nuevo frente que no reemplaza al viejo, sino que lo envuelve. La nueva cara de la estación sumaba detalles más finos, a tono con la arquitectura señorial inglesa que mantiene hasta nuestros días.

En 1901, la comunidad británica donó a la Municipalidad la fuente emplazada frente a la estación, sobre el bulevar Racedo. El farol original de la fuente era una reproducción de la corona de la Reina Victoria de Inglaterra. Ese detalle se perdió en la oscuridad de una noche, y el lugar fue ocupado por un farol de líneas cuadradas que es el que se puede ver actualmente.

Cincelado por los avatares políticos, el barrio también sufrió sus mutaciones. “Esta fue una zona de mujeres católicas, con maridos socialistas y radicales, muchos ateos o librepensadores. El ferrocarril estaba poblado de anarquistas, socialistas y radicales. Conservadores no había ninguno más que algún personal jerarquizado. Todos los socialistas se hicieron peronistas, igual que la mayoría de los comunistas o anarquistas”, cuenta el ex senador nacional y dirigente radical Luis Brasesco, tercera generación de vecinos que habitan el barrio desde 1895.

El ferrocarril fue un gran aglutinador de gente, generador de una comunidad cosmopolita que albergó a italianos, españoles, árabes, judíos, ingleses. En sus manzanas convivieron diversos cultos: musulmanes, israelitas, católicos, protestantes, de cuyos templos todavía existen algunos en esa zona.

En un terreno lindante al ferrocarril, sobre calle Pronunciamiento, los ingleses jugaron al fútbol y lo hicieron conocido en Paraná. De los picados entre gringos y criollos nació la semilla que dio origen al Club Talleres, que terminó por instalarse a lo grande en los galpones de la terminal de tranvías, en la actual esquina de Feliciano e Yrigoyen.

El mercado Sud, la cervecería Quilmes, la Plaza Sáenz Peña como punto de encuentro, el Hospital de Caridad, los cuarteles, los prostíbulos de la zona sur, sumaron vida, a lo largo del siglo veinte, a este lugar atravesado por el ruido de locomotoras.

El 31 de diciembre de 1992, el pito de la estación sonó más triste que nunca. El jefe de estación de turno, Antonino Gutiérrez, hacía algo más que cumplir con los trámites de rutina: despedía a los pasajeros y consolaba a las personas ahogadas por una nostalgia prematura. Ese día, a las tres y cuarto de la tarde, el tren de pasajeros salió por última vez. Era el comienzo de una amarga agonía para el barrio de los obreros.