Para un sector brasileño representa la lucha contra la corrupción. Para otros, la inquisición conservadora.


Reivindicado por una gruesa franja de la población brasileña, y repudiado por un sector mayor aún que le tiene particular aversión, el juez Sergio Moro se convirtió en una figura central en el país.

Con un perfil aséptico, en sólo tres años logró instalar una imagen de justiciero gracias a la megacausa conocida como “Lava jato”, donde encarceló a decenas de ex altos funcionarios, empresarios encumbrados -como Marcelo Odebretch- y tortuosos lobistas del barro poítico.

Comenzó esta faena en 2014, al hacerse cargo de la investigación que hundió en el descrédito a la clase política brasileña. Hasta ese momento era un desconocido magistrado de Curitiba, en el sur brasileño.

Sostiene, con imagen impoluta, que es ecuánime en esta causa donde utilizó como nunca la “delación premiada”, una figura jurídica que le permitió ablandar a los testigos para que contaran las miserias que se esconden dentro del poder. Pero a esta altura nadie duda de que su presa más codiciada es el ex presidente más popular de la región, Lula da Silva.

Moro fue juez federal con solo 26 años.
Moro fue juez federal con solo 26 años.

“No tengo ninguna desaveniencia personal con el señor ex presidente. Va a ser tratado con el máximo respeto, como cualquier acusado”, le aseguró el propio Moro a Lula hace un año atrás, cuando lo sometió a un extenso interrogatorio.

Con imagen pulcra, a sus 45 años, el jurista es celebrado por la clase alta y media alta del Brasil conservador. Sus defensores reivindican su capacidad de trabajo y lo muestran como implacable, inflexible ante los círculos de poder. Y el se acomoda con gusto en ese trono.

Para sus opositores, en cambio, es sólo un “inquisidor” con toga y martillo que representa los intereses de las élites económicas.

Moro proviene de la clase media blanca del sureño estado de Paraná, una de las zonas más ricas de Brasil y tradicionalmente de derecha. Después de estudiar abogacía subió rápidamente en el ámbito judicial. A los 26 años ya era juez federal.

Se especializó en lavado de dinero, con la ayuda de cursos promovidos por el Departamento de Estado norteamericano. Tiene un máster y un doctorado en Derecho. Además de ejercer su cargo, dicta clases y escribe.

Está casado con la bella Rosângela Wolff, una abogada que conoció en la universidad y con la cual tiene dos hijos. Ella admira tanto su papel de juez “implacable” que creó una página en Facebook para reivindicar sus hazañas. El fanatismo por su marido la llevó a publicar post en los que critica al PT y elogia políticas conservadoras. Inclusive algunas del controvertido Donald Trump. Mal no le va: tiene 1,6 millones de seguidores.

Lo cierto es que nadie cuestionó la figura de Moro cuando encarceló a Odebrecht, a José Dirceu (hombre fuerte del primer gobierno de Lula) y a João Vaccari Neto (ex tesorero del PT), entre otras decenas. Todos estaban contaminados por la causa de Petrobras. Pero con Lula fue distinto.

Es distinto. Siempre fue la causa más floja, con datos endebles. El carisma de Lula y su particular historia, hijo de campesinos del empobrecido noreste brasileño que llegó a la Presidencia del país, lo enfrentaron a un rival complejo. Tal vez esto haya sido la causa por la cual Moro siguió adelante: el desafío de una presa única, a la que nadie pudo llegar aún.

Si bien actuó en otros casos resonantes, el Lava Jato fue una caja de resonancia que le dio a Moro notoriedad internacional. Sus pares lo nominaron para integrar el Supremo Tribunal Federal, y fue tapa de revista como una de las personalidades más influyentes de Brasil. Un edén difícil de abandonar.

Fuente: Clarín